Friday, December 23, 2011

El tamaño de aquél tan importante




Que si pequeña, que si grande… Que si corta que si larga. ¿Hay algo más sobrevalorado que el tamaño? Sí, el orgasmo y el fricandó de una suegra cualquiera. Es que... Un atardecer, así como quien no quiere la cosa, en la tienda Gonzalo Comella de la Diagonal le pregunté a Nacho Vidal: “¿De verdad crees que el tamaño importa?” Me miró raro, como si fuera yo una perturbada, y me contestó tras reflexionar durante lo que me pareció un larguísimo espacio de tiempo: “Ellas dicen que sí”. O sea que sí, que ande o no ande, caballo grande. Con el pornoboy y el tamaño de su pene en la memoria (lo ví un día, sí, pero no en Gonzalo Comella), se me ocurrió escribir la pregunta en mi Muro del feisbuc: ¿Importa el tamaño? Profunda pregunta para no menos profundas respuestas. Sintetizo:
VC (hombre): “No me creo que una mujer cuando ve algo pequeño le de igual, luego influye la calidad, porque grande y tonta no sirve pa ná… mediana y juguetona, creo que es lo que más gusta… Hay que aprender técnicas como el squitt”. Me llevé un sobresalto porque la palabreja se me escapaba. Corrí al dios gugel y me tranquilicé. VC hablaba del cumming de toda la vida, de la eyaculación femenina. Me vino a la memoria una historia de MB, que tuvo que darle a la chica tres toallas para secarse y al aún le dura el susto años después. ”Te juro que nunca había visto algo como aquello. Era como un hombre, eyaculaba y no paraba”. Sigo con las respuestas al tamaño. MAP, escribió: “Importa pero en su justa medida y tratando a cada una según sus características”. Pues la verdad es que a la hora de bajarnos al pilón todos reaccionan igual, dando botes, y el tamaño que importa es el de la cavidad bucal. Una diseñadora gráfica, MGN, respondió adhoc a su sensibilidad: No sé si importa pero los diminutos no son fotogénicos para nada. “Los que 'la tienen' más pequeña 'somos' más divertidos”, escribió JE, un cachondo. VS (hombre) entró en la cadena: “¿Por qué nunca se habla de estrechito o abiertito? El kamasutra escrito dedica el primer capítulo… a los diferentes tipos de mujer”. HM (hombre) aportó: “¿Y el tamaño del órgano receptor importa? Es decir, si el músculo femenino está atolondrado, a ver si el responsable será el tamaño del órgano introductor…”.
Unas horas antes de esta conversación estaba yo en la presentación del libro de Santiago Niño Becerra, Más allá del crash, y mi reflexión final el sexo es el gran paliativo a la crisis. Mientras follas no pides créditos, mientras f... no gastas, mientras f....no comes, mientras f... no piensas, mientras f...no usas el móvil... El sexo es tendencia low cost. ¿Hay algo más divertido y barato? El Que vuelvan a fabricar el Seat 850 y volvamos a chingar al coche. ¡Eso sí era estilo!

Thursday, December 22, 2011

El Hombre-Cito de mirada desviada...


A primera vista parecía un tipo educado. Hubiera tenido un aspecto agradable de no ser por su mirada paseante sobre las figuras femeninas de aquel bar. “El furtivo”, le llamaban algunos. No era un sustantivo aleatorio; era, un día lo supe, la definición de un personaje tópico y típico de una generación de triunfadores de pelo engominado, chaqueta con hombreras y blazer de solapas cruzadas y botones dorados. Es sólo que el de la mirada escrutadora que apareció en la fiesta, era lo más parecido al representante prejubilado de las hombreras y lo botones. La fiesta era eso, una fiesta. Ni una orgía, ni un aquelarre, sólo una fiesta.
-“Yo no quiero salir en las fotos”, decía el hombre-cito con aire de preocupación. ¿Salgo en alguna? Es que no puedo aparecer. Yo tengo familia, ¿sabes?
¿Era una broma? No lo parecía. Hombre-cito tenía cien mil circunstancias grabadas en el semblante. ¿Me estaba sucediendo lo que parecía que me estaba sucediendo? De repente pensé que yo también tengo familia. Se lo dije: No entiendo, yo también tengo familia. Adoptó un aire de misterio y complicidad y soltó: Estoy casado yo, ¿sabes?
Hombre-cito me estaba contando su vida: “Mira, soy casado, no como vosotros. Mi mujer no sabe…si se entera me mata... Y si me cae alguna que sepa mis circunstancias, yo no quiero engañar a nadie”. No dijo ni una sola de estas palabras pero las resumió todas en una frase: Yo tengo familia. El “yo” le hacía parecer superior, el “tengo” era el verbo de propiedad, y “familia” era la expresión más humana de una responsabilidad agotadora. Hay cariño en su pareja, seguro, ese cariño condescendiente que unos ejercen porque otros y otras consienten, se conforman y asienten. ¡Pobre hombre-cito! No por estar allí, no por desear unas horas de vida propia. Sí por sentirse culpable por ello, por engañar para acceder, por no saber mentir (a la familia) con pautas de elegancia. Por eso cuando dijo “estoy casado yo”, sólo tuve una respuesta: Yo no soy puta, ¿sabes?
Me miró sin entender, aunque creo que es de los que piensan que menos la suya todas lo somos. Putas, quiero decir. Dos días más tarde cierro los ojos en aquel mismo bar, el Wine 33 de Aribau, y entre todos los absurdos le pido al viejo barbudo, al mentiroso anual, que conserve en mi memoria las primeras frases del poema de Pablo Neruda con el que comprendí que amar significa libertad aunque para muchos signifique deber: “Para mi corazón basta tu pecho, para tu libertad bastan mis alas”. El sexo ni mentarlo, porque ante semejante panorama vamos a dejar humedades, vaivenes y “flautas” (como dice mi amigo Felipe) para Nochevieja. Y que el de la barba no haga ”urdangarineadas” de las suyas. A ver si este año no se equivoca en la talla del sujetador.

Tuesday, December 20, 2011

Descalzo sobre el rellano



Hace veinte años que te espero. Así comenzaba la carta que encontró en su cartera. La leyó: Hace veinte años que cada noche te espero para cenar. Ahora, después de tantas cenas y tantos momentos compartidos, no sé si he de seguir esperando a oír tus pisadas atravesando el rellano…
Victoria dudaba si soportaría una conversación cara a cara con su marido. Él siempre vencía si se trataba de argumentos orales. Encadenaba las palabras y las agitaba con una habilidad que ella nunca lograría alcanzar ni, a las malas, detener. Alguna determinación debía tomar porque la situación era cada día más insostenible, la desidia crecía, y la tristeza ya estaba instalada en su mirada. Argumentos orales, ahí me vence siempre. Victoria no se refería sólo a las palabras. Si algo seguía funcionando entre ambos era el sexo, y cuanto más le odiaba por hacerle pensar que ya no la miraba, cerraba los ojos, veía la cabeza de él entre sus piernas y se dejaba llevar por un orgasmo tan real como satisfactorio. Porque aunque todos los orgasmos son reales, no todos son satisfactorios. La frecuencia es lo único que ha variado. Hemos pasado de hacer el amor dos veces por semana a una al mes, dijo.
No se trataba de multiplicar su angustia y su tristeza, pero en reacciones de esta índole siempre subyace una duda cansina: ¿Habrá otra mujer? No importa si hay otra, dijo. Es más, si la hubiera no me sorprendería porque ha de ser agobiante vivir junto a una mujer tan triste como yo. Nunca le he puesto palos en las ruedas a la hora de salir sin mí, ni se me ha ocurrido pensar que me podía engañar. ¿Qué me pasa ahora? Estoy susceptible, aburrida. Tengo miedo.
Culpa y miedo, una combinación letal. Me pregunto si es eso el amor después de 20 años de vida en común, de hijos y despertares compartidos. Si es pensar que él está agotado, que necesita salida de emergencia con billete de ida y vuelta. En el caso de que él tenga una amante, me pregunto en qué estará pensando cuando es capaz de hacer el amor con su mujer sin una flacidez delatora. ¿O es que el pánico a ser descubierto se la pone como a un toro en celo?
Victoria adoptó una medida de urgencia. No podía hablar con él sin sentirse medrada, pero podía escribirle una carta y vomitar sobre el papel todo lo que sentía, lo que pensaba, lo que quería. La escribió y la deslizó por uno de los departamentos de su cartera. Por la noche, mientras preparaba pulpitos con cebolla, él la abrazó desde atrás y la besó en el cuello. Mientras se alejaba, Victoria vio que iba descalzo. Había solucionado una parte del desamor. Algo le quedó claro: ningún hombre con amante hubiera reaccionado de esta forma. Quizás por eso llevaban juntos 20 años.